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Informarse para
decidir: consentimiento informado
Laura Vargas-Parada
El
diccionario de la Real Academia Española define consentimiento
como la acción y efecto de consentir, esto es, permitir algo o
condescender en que se haga. En el ámbito de la práctica médica, una
persona deberá otorgar su consentimiento informado antes de
(i) ser ingresada en un hospital, (ii) iniciar un tratamiento médico
o quirúrgico, (iii) participar en una investigación clínica o (iv)
acceder a un procedimiento con fines diagnósticos considerado de
alto riesgo.
El
propósito del consentimiento informado es
hacer
efectivo el principio de respeto a la
autonomía del individuo en la
toma de decisiones médicas.
El respeto a la
autonomía es reconocer que las personas tienen derecho a opinar,
tomar decisiones y actuar con base en sus valores y creencias
personales. Esta autonomía se
sustenta en el derecho legal y ético que una persona tiene sobre lo
que ocurre a su cuerpo y en la obligación ética del médico de
involucrar a sus pacientes en su tratamiento y cuidado de la salud.
Para ejercer su derecho a la autonomía, el paciente debe recibir
toda la información necesaria para comprender
los
riesgos y beneficios implicados, de manera que pueda ejercer su
libre poder de elección.
Informado,
es la palabra clave en este proceso. Ninguna persona puede tomar
decisiones si la información de la que dispone es parcial, sesgada o
incorrecta. Para poder decidir, la información recibida deberá ser
clara, completa, veraz, oportuna y calificada, basada en la
evidencia científica disponible. Es el médico el responsable de
proveer esta información, la cual deberá cubrir diversos aspectos
respecto al estado de salud del individuo, la naturaleza del
procedimiento (en qué consiste, qué se va a hacer), la razón o
motivo por el cual se sugiere dicho procedimiento (para qué se hace
y porqué el médico elige ésta y no otras opciones), las alternativas
de tratamiento disponibles, los beneficios y riesgos posibles
razonablemente previsibles conforme a la práctica médica (entre
ellos, molestias y efectos secundarios, incluidos los derivados de
no llevarse a cabo el procedimiento o tratamiento). Es importante
otorgar al individuo tiempo suficiente para analizar la información
recibida, siempre que la situación lo permita.
El
libre poder de elección incluye la posibilidad de rechazar el
tratamiento, procedimiento o la participación en cualquier tipo de
investigación clínica. Esto último es muy importante. La expresión
consentimiento informado puede dar a entender qué sólo es
posible consentir, cuando en realidad es perfectamente posible lo
contrario: disentir. Una persona puede no otorgar su consentimiento
en función de su propia escala de valores o sus prioridades
personales. Sin embargo, el no consentimiento no implica que deba
darse por concluida la atención médica. Un individuo puede rechazar
un tratamiento específico pero aceptar (consentir) uno alternativo,
aún cuando este último no sea el de preferencia del médico.
Una de las primeras referencias al
consentimiento informado se encuentra en el Código de
Nuremberg, redactado en 1947 en respuesta a la experimentación con
seres humanos ocurrida durante la Segunda Guerra Mundial. Contra su
voluntad, los prisioneros de guerra fueron incluidos en diversas
investigaciones, falleciendo muchos de ellos como resultado de los
experimentos. Con el fin de proteger a los individuos que participan
en proyectos de investigación se redactó el Código, que tomó su
nombre de la ciudad donde fue redactado.
Este
documento propone un decálogo de normas a las cuales los médicos
deberán adherirse cuando realicen investigación con seres humanos,
la primera de las cuales se refiere al consentimiento voluntario
de los participantes.
En la
actualidad, el consentimiento informado es requisito para
diversos procedimientos dentro de la práctica de la medicina. Para
que el consentimiento sea válido, el individuo debe ser competente
para la toma de decisiones y su consentimiento debe ser voluntario.
Cuando por algún motivo el enfermo se encuentra incapacitado para
otorgar su consentimiento, esta responsabilidad recaerá en su
representante legal o allegados.
En la práctica médica es fácil que ocurran situaciones
coercitivas: los pacientes pueden sentirse vulnerables ante su
situación, pueden equivocadamente creer que la opinión del médico es
la única opción de tratamiento disponible, o que rechazar un
tratamiento o procedimiento determinado significará perder su
derecho a recibir atención médica. También puede ocurrir que el
individuo se sienta inhibido para preguntar y cuestionar libremente
o que un lenguaje excesivamente técnico y especializado dificulte la
comprensión. Finalmente, aquellos cuya lengua nativa no sea el
español, pueden no comprender lo que se les dice. Aquí la labor del
médico es fundamental para promover un diálogo de confianza y
honestidad que fomente la participación informada del paciente en la
decisión clínica.
En general, la presencia del paciente en el hospital o
clínica no representa consentimiento implícito para todos los
tratamientos o procedimientos. Los valores y deseos del paciente
pueden ser muy diferentes de los del médico. Por lo que el principio
de respeto a la persona obliga al médico a hacer todo lo posible
para incluir al paciente en la toma de decisiones de su tratamiento
y que afecten su vida y cuerpo. El consentimiento implícito sólo
debe ser considerado por el médico, en situaciones de emergencia
cuando el paciente esté inconsciente o incompetente y su vida está
en riesgo, y no haya presente ninguna persona capaz de tomar dichas
decisiones por el paciente. En estos casos se espera del médico que
actúe en el mejor interés del individuo siguiendo el principio de
beneficencia, esto es, la obligación del médico para trabajar por el
bien de sus pacientes.
En
México, la Ley General de Salud, y los reglamentos que de ella
emanan, especifican las condiciones donde se requiere un
consentimiento informado, cuándo éste debe ser por escrito, y
las características de dicho documento.
Para muchas otras
decisiones, el consentimiento por escrito no es estrictamente
necesario, pero sí lo es una discusión significativa entre médico y
paciente.
Información es poder. Poder para decidir. Pero también es
responsabilidad. La fuente más importante de información debe ser el
propio médico. Sin embargo, el desarrollo tecnológico nos da fácil
acceso a otras fuentes de información, muchas de ellas poco serias o
veraces. Es importante ser crítico y consultar fuentes confiables,
como universidades reconocidas, instituciones de salud u otras
entidades como
la Organización Mundial de la Salud. En México, la
Secretaría de Salud proporciona información sobre diversos temas de
salud a través de su portal e-Salud.
Tomar decisiones con respecto a nuestra salud no es fácil.
En ocasiones, las propias convicciones pueden llevar a la decisión
de la no acción, con todas las repercusiones que esto pueda tener.
Pero eso es, en su base más fundamental, nuestro derecho a la
autonomía: la capacidad de expresar y desarrollar los propios
deseos. Nuestro derecho a consentir, o, a disentir. |